Estuve hace unos días en el Simposio de Diseño de la Universidad de Palermo. Fue una conversación entre docentes de distintas partes del mundo: Perú, España, Colombia, México, Argentina… un tejido de acentos y preocupaciones compartidas.
No hubo ponencias largas ni proyectores. Solo una ronda de voces, con ideas que vibraban en distintos registros, pero con una sensación común: hay algo que está cambiando, y no sabemos si lo estamos nombrando del todo.
Uno de los temas que más resonó fue la internacionalización.
¿Es realmente posible hoy formar diseñadores y artistas sin considerar el mundo? ¿Podemos privar a un estudiante de conocer cómo se piensa el diseño en otras latitudes? ¿Y cómo hacerlo sin vaciar nuestras propias raíces?
La necesidad de homologar títulos, adaptarse a estándares extranjeros, ofrecer dobles titulaciones… parece ineludible. Pero ¿a qué costo?
Al intentar “estar a la par” de otras universidades, muchas veces se recorta, se quita, se aligera. Y con ello se pierden esencias.
Entonces surge la pregunta incómoda:
Otro punto que me tocó especialmente fue la preocupación por la función de la inteligencia artificial en la creación.
No como amenaza ni como solución mágica. Sino como pregunta abierta:
¿Hasta qué punto debe intervenir la IA? ¿Qué queda del gesto humano?
Ahí propuse una idea que vengo madurando hace tiempo:
👉 la necesidad de pensar el diseño como un producto híbrido entre lo manual, lo artístico y lo tecnológico.
Un lugar donde convivan el trazo imperfecto y el algoritmo, el bordado y el código, el error y el cálculo.
No para volver al pasado, ni para rendirse al futuro, sino para crear una zona de transición: un espacio ritual donde el hacer aún conserve alma
En varios países, los docentes de arte o diseño no están obligados a formarse en educación.
La ley les pide una maestría (u otro tipo de parecido) Pero no importa en qué. Solo algunas universidades ofrecen al docente capacitaciones adecuadas para la enseñanza universitaria.
Entonces me pregunto:
¿dónde se forma un formador?
¿En la universidad? ¿En la experiencia? ¿En la escucha?
¿Y no deberíamos pensar la enseñanza como un espacio de investigación también?
No como método, sino como semillero.
Donde cada clase sea un laboratorio de pensamiento crítico y poético.
No podemos seguir formando técnicos sin pensamiento.
Ni artistas sin preguntas.
Ni diseñadores sin alma.
Es momento de volver a mirar el origen de la universidad.
De recordar que no nacieron para producir títulos,
sino para cultivar pensamiento.
Y quizás ahí, en ese gesto de volver a mirar,
empecemos a ver con otros ojos lo que viene.